
En la Tierra[1]
Mi hermana pequeña se aleja de la colisión, del hielo negro, del lado aplastado de los pasajeros, del inmenso camión que destrozó el coche, y desde la cuneta de la autopista una gran bolsa de plástico flota muy blanca por encima del césped donde los gusanos trabajan lentos y ciegos debajo de las hormigas que marchan en columnas de gracia, como soldados antes de ser enviados a algún lugar, antes de que la guerra los humanice de nuevo y los disperse por campos y arenas, camillas y cuerpos, por el universo de humo y ceniza, y se agazapen en lo que queda de un edificio mientras un tanque sube por la calle hacia el río donde se para, apaga su motor, el conductor mira a través de una ventana más pequeña que un sobre, y se pone a sudar y a pensar en qué bonito es Kentucky. En la Tierra a mi hermano gemelo le extraen un cáncer de la frente después de un año de haber estado picándome diciéndome siempre “¡eh, no te toques tu cáncer!” pero en broma porque él nunca puede estar enfermo, no si yo he de quedarme en la Tierra, y a mi hermana pequeña nadie la puede partir nunca por la mitad, una parte de su Subaru que separa su torso de sus piernas, no si yo he de querer vivir, no si yo he de querer pasear por el Puente Hawthorne con la ciudad ante mí, los edificios llenos de luz y ascensores, el parque lleno de arces y bancos, la policía ocupando las calles como Novocaína, entumeciendo Chinatown, entumeciendo Old Town, el Willamette corriendo hacia el salvaje Pacífico, la maravillosa hidro-aventura del Norte todavía toqueteando la sangre de los de Nueva York y Nueva Inglaterra, la explotación forestal ya se ha acabado y los indios ya se han acabado pero por los casinos y los fuegos artificiales y los atrapasueños mi hermana debe levantarse de entre los muertos el acero y las luces rotas, mi hermano gemelo debe bajarse de la mesa del quirófano si yo he de poder mirar las nubles de la lluvia acercarse como una familia de hipopótamos desde las aguas cálidas del África y secarse en el polvo, ellos deben estar aquí si yo he de escribir una carta a Marie o a Dorianne, Michael y Elizabeth deben estar en sus cuerpos para que yo no me los corte del mío. Deben responder al teléfono cuando les llamo para no tener que quedarme en el armario encerrado por siempre. Ahora mismo estoy sentado en el porche de la casa donde me crie. ¡Este es el segundo sitio en el que estuve en la Tierra! El porche donde Emily se sentó en 1994, bebiendo té con licor y leyendo las traducciones de Rexroth de Li Po, poesía china en su empeine, el río Han que se derramaba en su pelo, por las escaleras y la entrada del garaje donde los dientes de león crecen como células de sangre blanca. Los cogería en Kelly Park e iría por la calle con ellos por la 92. Todos mis deseos, todos ellos flotando por todo el vecindario donde yo quise enamorarme de alguien, beber sodas de naranja de espaldas con el cielo desabrochándonos los pantalones y quitándonos las camisetas. No hay nada como caminar por el noroeste de Portland de noche, aunque hay demasiado dinero y no parece auténtico. No hay nada en la Tierra como la luz de la luna, el lago de noche olor de césped alto y crema de sol. Es difícil imaginar no conocer el olor de las gasolineras o del pino, el olor de los calcetines demasiado usados y el olor de las manos de alguien después de haber nadado por los arbustos de romero. Los quiero a todos y todo el tiempo. Necesito ir al cuarto de Erika, por los montones de ropa apilada en el suelo, que me encantan por su euforia caída. Necesito oler su cuerpo en el mío días después de haber destrozado la cama o estropeado la alfombra que ella detesta aunque estemos en ella. En la Tierra mi hermana mayor nunca puede abrir otra botella de cerveza o disparar a otro vaso de whiskey. No puede permitir al monstruo de su cuerpo andar encorvado por los campos de la familia, matando a los campesinos, quemando las tierras por el camino hacia otra sobriedad y entonces ser asesinada a hachazos por sus propias horquillas y palas, no si yo he de lavarme los dientes sin morderme la lengua. No si yo he de beber café y leer el periódico y respirar. Oh, estar en la Tierra… Caminar descalzo por la piedra fría y saber que la mujer a la que amas también está caminando descalza por el azulejo frío de la cocina donde os besasteis ayer, estar de pie en una librería y oler el papel viejo y el pegamento en las espinas dorsales, mirar un mapa de una ciudad extranjera y ser capaz de saber adónde vas. Nadar en el océano, nadar en un lago y no saber qué hay debajo de ti. Tener dos mil amigos en Facebook a los que no conoces pero estar ahí embobado cada noche porque te sientes solo. Caminar por Laurelhurst y ver una garza azul que mata a un brillante pez naranja, lo eleva por el aire irrespirable y entonces lo sumerge en el agua otra vez, y entonces por el aire otra vez, y así varias veces hasta que siente que el pez es suyo por completo. Sentir cómo el metro corre debajo de la avenida o cómo el avión que despegó en Nueva York está bastante bien en el cielo de Arizona. Saber cómo se siente uno después de beber whiskey o saber el secreto de que leer novelas románticas te ha hecho mejor persona, más caballeroso, y caminas hacia el ultramarinos en medio de la noche, enamorado de los aguacates y de las zanahorias, y te quedas de pie frente a la fruta congelada con la puerta de la nevera abierta de manera que el frío helado enfría tu cuerpo antes de ir al pasillo de los cereales donde hay innumerables colores y tipos, cómo se siente en tus manos el paquete de cereales como un premio que hubieras recibido por algún favor importante, esperar en la cola y que no te importe esperar. La sensación de estar en un barco y la sensación de ponerte unos zapatos nuevos con un calzador de metal. Cómo puedes sentir que puedes correr más rápido que nunca. Ir en autobús en invierno y que tus gafas se empañen, el autobús que te lleva a esa calle que conoces de toda la vida o en la que acabas de encontrar el amor, qué más da. En la Tierra mi madre está hablando con sus pechos porque quieren matarla, se han puesto en su contra como un senado, pero al final les convence. Consigue que se comporten como dos perros o como dos niños que juegan demasiado a lo bestia con el gato y el gato aúlla, su cola casi en huida. Ella debe estar aquí aún, allí por el Lloyd Center después de salir de trabajar bajo la lluvia, si es que yo he de vivir. En la Tierra tengo una cama en la que me encanta meterme, el olor limpio de las sábanas blancas, dejar caer mi cabeza en la almohada tan suave y preocuparme y echarme encima la manta, como una tumba, y por la mañana por la ventana ver la fría luz del invierno soplar. Cada noche en la oscuridad y cada mañana en la luz y ¿no crees que Jesús se salió de su cueva, se arrastró fuera de su Subaru y se quedó en un lado de la carrera esperando a la ambulancia para que lo cubrieran con un sudario blanco? En la Tierra me desmayo en la sala del multicine, me meo en los pantalones, voy hacia el ataque como alguien con don de lenguas, enrollado en las llamas de mi creencia, mi cuerpo en las manos de unos extraños en la rancia y gruesa alfombra mientras en la Tierra las palomitas explotan salvajemente y el licor es de un rojo reluciente detrás del mostrador, al lado de los M&M donde está la chica más preciosa del mundo en su severo uniforme, su chapita identificatoria muy bien puesta, su nombre escrito en un trozo de celo que tapa el nombre de otra persona. Nunca me dará un beso, nunca estará conmigo en la cama, ahí afuera en agosto, ni susurrará mi nombre. En la Tierra Joe tiene un ataque al corazón, su paquete de cigarrillos sin filtro descansa como una mano al lado de sus libros. Conduce su corazón a través de tres acres de bypass y entonces lo lleva al agua. En la Tierra robo flores del parque, rosas y lirios orientales, duermo demasiado. Soy siempre demasiado lento o demasiado rápido a la hora de llegar, antes de que hayan abierto. Sigo soñando que mi hermano mayor ha regresado como un hombre que ha vuelto de una carrera larga, extenuante. Pero no aguantaré así mucho más… Y porque no tengo que hacerlo, corto una naranja como lo hacen los atletas, en perfectas mediaslunas. Quito la pulpa, la piel que parece la superficie de la luna. Las pongo en mi boca y dejo que su sexo explote en mi garganta, mis pulmones como dos mitades negras de una mariposa atrapada en el nido de mi torso, leo un poema que escribió Zach sobre un estanque, estoy pensando sobre la última vez que vi a Mike antes de que se mudara a Utah, tan sionista su atmósfera, releo la notita que escribió Carl que sólo dice ten cuidado. En la Tierra a Charlie lo han diseccionado y lo han vuelto a cerrar. Continúa queriendo a sus amigos y mirándose en el espejo, y quizás sus nervios no han crecido sobre la cicatriz que se hizo, y quizás está cansado ¡pero está en la Tierra! Debe levantarse por las mañanas si yo he de quedarme en mi cama escuchando música con la ventana abierta y la puerta abierta y esperar en calzoncillos a que entre por ella el amor con sus pies sucios y sus manos sudorosas, si yo he de tenerla a mi lado, mi boca sobre un nudillo, mi mano detrás de una rodilla, él debe estar aquí aún. En la Tierra la supervivencia se construye a base de suerte y centros de tratamiento o despacio como un nacimiento de planeta, antes no había nadie que sobreviviera, simplemente los gases del big bang lo organizaban todo, o se construye como un rascacielos, a mano, algunos obreros caen, y otros se mantienen a salvo en el andamio, allí arriba en la Tierra, quitándole el papel a los bocadillos que todo el día han estado esperando comerse.
Sobre el autor
Matthew Dickman es un poeta nacido en Oregón, Estados Unidos en 1975. Autor de las plaquetas Amigos, Something about a Black Scarf y Wish You Were Here, y de varios libros de poemas como All- American Poem, Mayakovsky’s Revolver o Wonderland, ganador en 2008 del American Poetry Review / Honickman First Book Prize in Poetry y del May Sarton Award from the American Academy of Arts & Sciences. Es coautor junto a su hermano gemelo Michael Dickman del poemario 50 American Plays, y ambos interpretaron a los gemelos Dashiell y Arthur en la película Minority Report en 2002. Aunque se resiste a ser etiquetada por su variedad de estilos y temas con los que trabaja, la poesía de Dickman tiene una expansión narrativa encantadora que mezcla de modo irresistible temas como la cultura pop, el placer, la paternidad, la vida contemporánea o tan devastadores y oscuros como lo son la soledad, el suicidio o el divorcio, siempre con un inesperado sentido del humor y una profunda sensación de alerta ante la humana complejidad de la vida. La editorial Kriller71 Ediciones publicó en 2025 Café en la nieve, una antología personal de la obra poética del autor.
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Referencias
[1] Traducción de Javier Raya, Berta García Faet, Ezequiel Zaidenwerg y Sandra Toro.
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