
Juan Clemente Zenea sirvió al movimiento revolucionario desde el extranjero, a través de su pluma de periodista. Hallándose en Estados Unidos se le encargó una misión en el campo insurrecto, y pese al salvoconducto que le expidieron las autoridades coloniales para moverse entre las líneas cubanas, las fuerzas españolas lo detuvieron cuando intentaba partir, lo juzgaron y ejecutaron el 25 de agosto de 1871. En prisión, donde permaneció por varios meses, escribió los poemas contenidos en Diario de un mártir.
El eminente crítico Cintio Vitier escribe de él una consideración que consideramos el más justo epitafio:
Los que lo mataron sabían instintiva y perfectamente que Fidelia era Cuba, que Adah Menken era Cuba, que el infinito de los ecos era Cuba, que Zenea era Cuba. Y por eso, inútilmente, lo mataron.
De pocos poetas cubanos se ha escrito tanto como de Juan Clemente Zenea. Acerca de su obra se resaltan sus valores y el talento del autor, la corrección del verso y la sensibilidad lírica, lo cual le vale para ser el gran cantor elegíaco de la poesía cubana del siglo XIX.
En cuanto a su personalidad y desempeño patriótico, se le ha traído y llevado intensamente, con pasión, unos reconociéndolo como mártir, otros como doble agente al servicio de la metrópoli, aunque con el curso del tiempo y las investigaciones practicadas, la memoria del mártir se ha rescatado en libros y obras de teatro.
La personalidad de Zenea no significa simplemente repulsa al desaliño de la forma o retorno hacia una expresión poética más esmerada: significa algo más, ya que es la revelación de una sensibilidad poética de calidad excepcional, como hasta entonces no se había manifestado en las letras cubanas.
Quien lo suscribe es el profesor y crítico Max Henríquez Ureña.
Bayamés, y nacido el 24 de febrero de 1832, arribó a La Habana a los trece años, traído por su padre a la casa de un tío, y un año después —corría 1846— publica sus primeros poemas en el periódico La Prensa de La Habana, del cual será redactor. Estudió las lenguas francesa e inglesa, y tuvo la ocasión de intimar con la artista norteamericana Adah Menken cuando esta se presentó en La Habana de 1850. Ella era muy joven entonces, tenía 16 años, y pronto se haría célebre.
El romance se interrumpió con la partida de la actriz, pero Zenea, implicado en el proceso seguido contra Eduardo Facciolo, mártir del periodismo (1852), tuvo que huir hacia Estados Unidos, oportunidad que aprovechó para reanudar su idilio con la Menken por algún tiempo más.
En el exterior, Zenea prosiguió su propaganda separatista contra el régimen colonial español. Se le condenó a muerte (reo de traición, se le llamó) en ausencia y no regresó hasta ser amnistiado en 1855. En La Habana enseñó idiomas, publicó sus poemas y se relacionó con otros autores.
De 1860 data su libro Cantos de la tarde, que incluye la elegía «Fidelia»:
¡Bien me acuerdo! ¡Hace diez años!
¡Y era una tarde serena!
¡Yo era joven y entusiasta,
pura, hermosa y virgen ella!
Su espíritu perfeccionista gustó de trabajar esmeradamente la producción poética. Regresó a Nueva York en 1865, viajó por México —allí fue redactor del Diario Oficial— y volvió a Cuba cuando tuvo conocimiento del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes.
Luego, bueno, luego sucedió lo que se narra al inicio, y Juan Clemente Zenea fue fusilado. En los fosos de la Fortaleza de La Cabaña, en La Habana, una tarja recuerda el lugar exacto donde recibió la mortal descarga de la fusilería colonial. Quien ahí se detiene, difícilmente puede desprenderse de los versos del poeta mártir:
No busques, volando inquieta,
mi tumba oscura y secreta.
Golondrina, ¿no lo ves?,
en la tumba del poeta
no hay un sauce ni un ciprés.
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