
Ubicado en la provincia de Sancti Spíritus, Paredes es un pueblito de campo con no más de doscientas casas. Se sabe que por allí cerca fue la Protesta de Jarao (1879). En estos pueblitos hay apellidos que se heredan de generación en generación y con el tiempo se van ganando una historia que tiene su verdad y sus cuentos. Así pasó con los Macías.

Tenemos que dejar atrás dos cañaverales, la cañada, los eucaliptos y seguir por la calle del hospital, como si fuéramos a esperar el tren: Melquides Macías vive casi en el centro del pueblito, cerca del parque. Unos sesenta años atrás, salía por primera vez de aquellos lugares para convertirse en joven alfabetizador.
Con mucho gusto aceptó revivir esas memorias.
En El brigadista, película cubana de 1977, el jovencito que llegaba de la ciudad ni bigote tenía… ¿Con cuántos años Melquides Macías afrontó el reto de convertirse en alfabetizador?
Imagínate, hijo mío, aquello fue en el 61, y yo ya voy a cumplir ahora en agosto 88 años. Recuerdo que aquí, en la escuelita número 18, escogieron a los muchachos más educados. No por elogiarme, pero yo era uno de ellos.
¿Cómo fue acogido por aquellos campitos de Pelayo? ¿Ya conocía este lugar?
Nunca había salido de Paredes. El viejo Miguel, Sira, Wilfredo, Jesús, Concha… aquella gente de Pelayo me recibió como a un hijo. Imagínate, yo era el «niño educado». Te voy a hacer un cuento. Por allá se habían alzado los Palmeros. Una noche de agua, Aviador, el perro de Miguel, empezó a ladrar. Se quería comer el mundo. Era que venían los Palmeros. El viejo Miguel decía «Cógelos, Aviador». Por aquellos tiempos, tú sabes, si te descubrían, te ahorcaban… Miguel me escondió debajo de la camita que me habían preparado. Ahí esperé hasta que Aviador dejó de ladrar, a las cinco de la mañana.
Desde allá recuerdan y le agradecen al Melquides «repasador de Matemáticas», ¿y no hubo también un «Melquides de las letras»?
Yo era más de las Matemáticas. Es lo que me gusta. Puedo sacarte una cuenta en el aire. Me seleccionaron como alfabetizador, pero en la escuela nunca fui de andar mucho con los libros. Nunca fui de leer. Eso sí, muy educado. Para la zona de Pelayo fuimos como siete alfabetizadores. Enseñamos lo que sabíamos, que quizás no era mucho, pero valió la pena.
Una vez cumplida aquella encomienda, ¿continuó como maestro? ¿A qué se dedica hoy Melquides Macías?
Después de lo de Pelayo, me apareció un trabajito como carpintero. Hasta que mi amigo Amable Nápoles, que como repartía la miel de las vaquerías andaba siempre de viaje en viaje y conocía mucha gente y muchos lugares, me dijo que en una tienda de Las Tosas necesitaban a un dependiente. Como no podía perder aquella oportunidad, agarré mis bultos y me fui para allá. Hasta dejé un trabajo de carpintería a medio hacer. Hoy ya estoy retirado. Imagínate, la vista no me acompaña y estoy esperando una operación. Te quiero dar un encargo: dile a los de Pelayo que Melquides los recuerda y que les agradece con la vida.
Y es que alfabetizar significó mucho más que enseñar a leer y escribir a los cubanos. «Enseñamos lo que sabíamos», en esa máxima está la humildad y la entrega como claves de un movimiento social que enrumbó los cimientos de un país culto. Alfabetizar fue abrir la puerta al conocimiento en todas sus dimensiones y estrechar lazos de camaradería y afecto sin límite de tiempo.
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Agradezco la amabilidad con que fui recibido por Melquides Macías, así como las gestiones de Olga Sánchez Guevara y de su esposo, quienes fueron los descubridores de esta historia.
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