
Preséntate a los lectores de Cubaliteraria, háblame de tus inicios en la literatura, tu trayectoria…
Mi nombre es Varela Leyva, tengo 25 años de edad y apenas hace un mes culminé mis estudios superiores en el perfil Dramaturgia de la carrera Arte Teatral en la Universidad de las Artes. Siempre me gustó escribir, crear y contar historias, todo esto de modo empírico hasta el año 2021, donde a través de un amigo conozco a la maravillosa escritora Elaine Vilar Madruga, su Laboratorio de Escritura y los métodos todo terreno. Bajo su tutela cultivo con mayor conciencia los géneros de la poesía y la narrativa. Esfuerzo y constancia que me valieron para alcanzar premios y menciones: finalista en el concurso Eduardo Kovalivker (2023); Premio de poesía Laboratorio de Escrituras: Encrucijada; participación en el proyecto Pábulo: raíces de lienzo y poesía, dirigido por el poeta cubano Octavio Castillo; ser parte de la antología de terror latinoamericano Cabezas sobre la ventana (México 2024), entre otros.
Es la propia Vilar Madruga quien me enseña por primera vez la escritura dramática, la que devela ese universo extraordinario y me motiva a, no solo a participar en eventos y talleres importantes, sino a ambicionar con mayor fuerza. De ahí que, en el año 2022 me presente a las pruebas de aptitud del perfil Dramaturgia. Cuatro años más tarde y ya licenciada no puedo dejar de sentir una gratitud y un orgullo inmenso.
¿Qué lugar ocupa el laboratorio de escrituras Encrucijada en tu formación como escritora? ¿Y qué puesto ocupa el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso?
Sería imposible hablar de mi creación, de lo que como autora deseo conseguir sin mencionar al Laboratorio de Escrituras. Mediante sus clases, los retos, las conferencias de profesores y escritores invitados, los talleres, los clubs de lectura, música y cine que también existen en esta escuela creativa, se ha conformado todo el diapasón creativo que guardan mis obras. Si bien cuando el alumno ya está preparado comienza a labrar su destino de forma independiente, los estudiantes del laboratorio siempre retornamos al sitio donde aprendimos y disfrutamos en demasía. Es como el hogar guardado y calentito con el que sueñan los hijos que están lejos.
El centro Onelio también ha sido de vital importancia para mí. Tuve el placer de ser una de sus egresadas (graduación número XXIV) y aún conservo con mucho cariño cada herramienta y consejo que los profesores, con esa gracia y profesionalidad —ningún oneliano me dejará mentir— suelen impartir a cada estudiante. De ser posible enviaría a cada convocatoria para repetir una y otra vez el curso.
La obra Autorretrato de Juana B, acaba de recibir el Premio David en la categoría Teatro, cuéntanos sobre tu proceso creativo para escribir la obra. Ya has adelantado que utilizas la figura de Juana Borrero como fundamental en la obra, así como datos históricos reales. ¿Qué papel jugó la investigación en la escritura de la obra y cómo manejaste esa dupla ficción-realidad?
A Juana Borrero la leí por casualidad en una tarde de cuarentena mientras hojeaba un libro de poesía femenina hispanoamericana para matar la abulia de tanto aislamiento. Recuerdo haber adorado una frase suya: «Ámame y siempre seré artista» (J. Borrero, 1966, 24). Me pareció una sentencia tan brutal que enseguida la asocié con otras escritoras decimonónicas; esas que sacrifican virginidades o aprovechan erupciones volcánicas para crear vida. Por supuesto, nunca estuve más lejos de la realidad. Si bien la niña prodigio comparte muchísimas similitudes con estas mujeres, son aún más notables las diferencias que la alejan del resto, que la hacen única. Para mi fortuna, el libro quedó allí guardado hasta cinco o seis años más tarde cuando ya no solo acudí de forma torpe a su poesía sino a toda su impronta.
Más allá del interés de siempre por elegir personajes femeninos para mis procesos de creación, con Juana Borrero la motivación vino de otros lares. Llegó de ese halo místico que la rodea, incluso, la protege. Hija de un importante escritor (además médico, maestro y patriota), enamorada de dos poetas, descendiente de una familia de escritores (por vía materna y paterna) y talento precoz tronchado por la muerte antes de cumplir los 19 años. Ingredientes todos que favorecen la elaboración de un mito.
En ese sentido, el proceso de investigación fue complejo y enmarañado si se tiene en cuenta que la mayoría de los autores y los libros repiten de forma indiscriminada la misma versión de los hechos y la misma lógica para examinar la conciencia de una adolescente más que atormentada y triste, estratega y temperamental. Por tal motivo, fue imprescindible para esta búsqueda encontrar criterios que estuviesen lejos del pudor (e incluso la ideología) con que siempre se ha tratado el caso «Juana Borrero». De ahí que investigadores como Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña, Manuel Pedro González, Yaramí Ramos, así como también los miembros de la Universidad Autóctona de Barcelona y el título «Hacia una desarticulación del tópico de la “virgen triste”» sean los nombres de cabecera en esta investigación.
No sería posible hablar de la «niña maga» sin mencionar los dos amores que orbitaron su vida: Julián del Casal y Carlos Pío. Tampoco sería injusto no hacer mención de las enfermedades físicas y mentales (neurosis e histeria) que la acompañaron también durante su breve existencia.
Entre esta suerte de amor mórbido y enfermedad cósmica (acaso lo mismo) transita la pieza. Ambientada en el año 1896 en Tampa, Cayo Hueso, sigue de cerca a una Juana delirante, exiliada, a una Juana incapaz de aceptar su realidad inmediata de que el encuentro con Carlos Pío jamás ocurrirá y que la fiebre tifoidea nunca ha sido benévola con las escritoras. Juega entonces, en espera de que llegue su novio, quien prometió acudir a su encuentro apenas finalice la guerra, a recordar. Decide recrear momentos puntuales de su vida: su estancia en Puentes Grandes, la protección recelosa de su padre Esteban Borrero, la llegada de Julián del Casal y el fatídico desenlace que marcó el destino de la joven, su cambio de fe luego del viaje a Cojímar, así como los escarceos amorosos y las vicisitudes entre Carlos Pío y ella. Es una liturgia que, definitivamente, se repite una y otra vez y que jamás logrará cumplir su objetivo.
Orquestada en 12 escenas sigue de cerca a una Juana caprichosa y volátil que no solo actúa bajo los límites que la historiografía le ha impuesto, sino que se aprovecha de dichos principios/consensos para omitir verdades o saltarse memorias oscuras. La asisten en este juego los criados Tomasa y Radamés, personajes cuya existencia se reconoce en las cartas a Carlos Pío. Encargados de velar por la salud de Juana e inmóviles ante la amenaza de la joven de informarle a su padre que ambos están incumpliendo con su deber, deciden ser parte de la reconstrucción, no solo aportando sus propios recuerdos, sino desdoblándose en otros caracteres. En el caso de Radamés en Julián del Casal y Carlos Pío mientras Tomasa asume la figura acérrima de Esteban Borrero.
¿Dónde podemos leer la obra, acceder a ella?
De momento toca esperar un poco. Cumpliendo con lo acordado dentro del premio, Ediciones Unión se encarga de preparar el texto para su próxima publicación, por ahora en formato digital. Luego, según permita la disponibilidad de papel y otros recursos, será físico.
Cuéntanos algo que quieras decir y que yo haya pasado por alto.
A medida que la investigación avanzó, descubrí que existen muchas zonas inexploradas sobre la vida de la protagonista. Zonas que, aunque pocos estudiosos han decidido arrojar luz, continúan debiéndole muchísimo al campo de los traumas/enfermedades mentales o la relación intrafamiliar por solo citar algunos ejemplos. Quizás sea la principal aspiración de este trabajo: que se revisite una y otra vez a Juana Borrero y se le analice de forma clínica y sin miramientos.
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