
Dos historias. Dos novelas.
Dos largas fabulaciones.
Digamos que son versiones,
no precuelas ni secuelas.
Son dos en una. Entretelas
y confesiones innatas.
Me recuerda a Vila-Matas,
a César Aira, a Bolaño,
tan fluido como extraño,
confesor de sus erratas.
Trama metaliteraria
y cuasi detectivesca.
No hay peripecia que ofrezca
una historia extraordinaria,
pero nunca es necesaria
por la narración fluida
(semejante a una crecida
hacia un mar de confesiones,
referencias, descripciones,
callejones sin salida).
Y junto a Alberto Moravia,
junto a un tal Marcelo Costa
y una Adria Mancini angosta
sagaz, juguetona, sabia
se unen argumento y labia,
La Habana, Roma, desvelos.
Se limpia los espejuelos
Dios, narrador omnisciente,
y cuenta en tiempo presente
universos paralelos.
La novela tiene más
de misterio, laberinto,
de lenguaje por instinto
y de sarcasmo, además.
Cuando la cierras detrás
sigue una voz narradora,
y preguntas sin demora,
apelando a tus razones:
¿en verdad cuántas versiones
nos contó la traductora?
Visitas: 35






Deja un comentario