
El arte de escribir no sólo entraña la magia de plasmar certeramente un mensaje en negro sobre blanco, pletórico de recursos literarios o de efectiva síntesis, sino también incluye lo oculto, la omisión, los silencios: esos impulsos espirituales que no se expresan físicamente, pero yacen entre determinadas frases y se adivinan en cierta «conducta escritural».
Cuando nos identificamos como lectores, con quien escribe, comprendemos cómo la desmesura hilarante puede abrigar muy adentro punzantes penas, y la aparente mesura, una broma descomunal.
Como un péndulo que va de un extremo a otro, así nos conduce la pluma de Yuliet Calaña en sus Crónicas desde el bohío, publicadas por Ediciones El Abra en 2024 y presentadas en la Feria Internacional del Libro de La Habana, en febrero de este 2025. La edición estuvo a cargo de la experimentada Iris Cano, mientras Liudys Carmona realizó la corrección de este texto de estilo muy peculiar, que mezcla diversos géneros y formas para derivar en un modo de expresión auténtico y peculiar.
Crónicas desde el bohío es un nuevo regalo para el público lector que conoce desde las redes sociales a esta inquieta y sagaz periodista oriunda de Niquero, en la provincia de Granma, graduada en la Universidad de La Habana y residente en la Isla de la Juventud (avatares que la han hecho recorrer toda Cuba); quien explaya su naturaleza criolla a través de juegos de palabras, frases metafóricas, expresiones de malicioso doble sentido, dichos populares, refranes ancestrales y un sinfín de artilugios que tejen el diario devenir de una joven en su contexto íntimamente personal, pero también familiar, laboral y social.
Si en su libro anterior una guagua era el país, en este, su bohío es, no solo hogar y familia, sino también su cuerpo y el pueblo donde vive, identificados también con toda una nación y sus raíces. En palabras de la editora, el volumen es:
… una selección hecha por sus más de veinte mil lectores cibernautas (…) que recoge treinta textos publicados en su página de Facebook La Yuli de Cuba, es también un texto costumbrista, una crónica vivencial de sus experiencias personales en un pequeño pueblo rural, de una también pequeña isla del archipiélago cubano, con una prosa en ocasiones irreverente, escrita desde la visión de una mujer que se ha impuesto a fatalismos geográficos y a atavismos sociales, al machismo y la incomprensión que resulta de hablar sin reservas ni cortapisas —casi siempre a través de la risa y el choteo— (…).
La autora dibuja su día a día con un enfoque anecdótico: de lo aparentemente fugaz deriva una extensa o intensa vivencia que comparte sin escrúpulos con quien se acerca a leer sus letras, tejidas con finos hilos de certezas, asombros, sorpresas y un humor visceral que por momentos desemboca en ironía, en suspenso, en tristeza o en necesaria reflexión social. Los títulos de cada capítulo pueden ser muy significativos para sus compatriotas: «Candela pal sindicato», «Fiesta cederista», «Venta de garaje», «Bancarización», «Verificaciones», son anzuelos para la curiosidad y, a la vez, guiños sonrientes al devenir histórico, político y económico de las últimas décadas en Cuba.
La familia es un tema que la autora presenta desde el testimonio entrañable y la experiencia inolvidable. Ahí están la unión y el compromiso filial a pesar de las diferencias («El Rolo», «Los ojos de mi hermano»), disímiles circunstancias de la maternidad («Terapia», «La mamá de la mamá»), las ausencias voluntarias o involuntarias por la emigración («Diciembre sin ti»), la ancianidad en su estadística nacional ascendente («El hogar de los sin hogar», «El tío Manolo», «Graciela»), las ocurrencias de la niñez («Andeja», «Patrañas del imperio») y siempre, en todas, de una manera más velada o más evidente, la preponderancia del respeto y la comprensión.
La sexualidad es otro tema —el más abundante, por cierto— que se encuentra muy presente, mayormente desde su visión lúdica, entendido como esa «sal de la vida» que la canción popular ha acuñado de manera tan certera. Diversas y divertidas situaciones son blanco de las crónicas «Vitamina C», «Un cake en forma de cake», «El hambre de mi vida», «Teatro experimental», «Se hizo la luz», «Cuarto de alquiler» y «La lechona».
Para homenajear los extraños escenarios donde por momentos le hace actuar su profesión, y las salidas tan ocurrentes que logra, queda el testimonio «El día que me compré una conga», un relato que, más que sonrisas, provoca limpias carcajadas, al dejar en nuestro recuerdo expresiones como «atrincheramiento etílico», entre otras igual de insólitas y ocurrentes.
En su lenguaje lleno de frescura encontramos diálogos, descripciones y hasta canciones que se mezclan orgánicamente, obedeciendo a la expresividad demandada, ya sea mediante la plasmación explícita de la pronunciación infantil y deformada del español o de la jerga típica de personas de un determinado estrato social o con una característica manera de hablar. Este verismo es otra de las ganancias del estilo de Yuliet que apoya dramatúrgicamente y completa cada una de las historias compartidas.
Por otra parte, es digna de admirar la conformación del libro como objeto físico, pues goza de un diseño de cubierta elegante y sobrio en su atractiva presentación, realizada en oscuros tonos sepias por Reynaldo Duret Sotomayor a partir de la acertada selección de una fotografía del reconocido artista del lente Jaime Prendes, titulada —a propósito— Bohío y extraída de su serie Patios, del 2013.
La editorial logró también una loable impresión en papel fotográfico, que le otorga un acabado de excelencia. Al respecto, se celebra también la diagramación realizada por Marlen López Martínez. Por cierto, como es sana costumbre de la editorial que publica, se acreditan justamente a Primitivo Matos, Gloria Pantoja y Edisnilvia Mojena como encargados de la correcta impresión y la limpia encuadernación de la obra.
Dedicada al maestro Mongo Rives, a su amada Santa Fe, en la Isla de la Juventud, y prologada por el cantautor Frank Delgado, admirador confeso de la escritora, quedan estas Crónicas desde el bohío, de Yuliet Calaña, como huella viva de su paso por esta tierra que la continuará nutriendo de aventuras para desarrollar su oficio con el mismo desenfado y el mismo amor con que escribió, junto a la trovadora Enid Rosales, el fragmento de la canción que introduce el libro, una de cuyas estrofas reza:
Allá en mi barrio todos están pendientes de mi bohío. De quién sale y quién entra, Y si lo limpio con brío. (…) No sé por qué tanto lío, Si mi bohío es mío. No lo cambio, no lo alquilo, ni mucho menos lo fío.
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