
Cuando leo algo escrito por Ismael González Castañer recuerdo aquella idea esbozada por Tolstoi en que decía que poesía es todo con excepción de los documentos empresariales y los libros de texto. Pues en obras de su autoría a menudo encontramos el reclamo de la autosuficiencia de la construcción poética o literaria. Semejante tema aparece tratado en su libro Disfuerzo, que, en consonancia con tal título, hace gala de atrevimiento, cinismo, pudibundez y valor al mismo tiempo. Allí se manifiesta, como en los buenos libros de poesía, «la elección y el gusto personal como elementos decisivos de la creación artística, la inclusión de todo tipo de lenguaje como material poético, la función de la crítica en la creación, y el peligro y la necesidad de contención verbal y emocional como un modo de fortalecimiento interior frente a la agresión externa o frente a las propias oscuridades». En este tercer libro del autor la conciencia de una vida limitada por «una apetencia de bienestar» insaciable que sabe que no vendrá, le da un sello a la vida del poeta y al conjunto, como al cuello marcado de la res, aunque el espíritu intelectual describe el juego en que participa también mirando desde lejos, sonriendo de no ser arrastrado por el interés. Es el testimonio encantado del desasosiego contemporáneo, de ese no futuro en que se cierne nuestra imposibilidad de desarrollo, el testimonio encantado del desencanto, donde advierte la violencia incontenible e imperceptible de las relaciones humanas. Se detiene, como sólo él sabe hacerlo, en «los paraísos» de la infelicidad y con el halo imprescindible que toman las palabras en su enunciación poética. También aprecia la armonía de la conciencia de la gente común, aunque prefiera su delirio sensitivo: es desazón, inercia, pero vertida con misterio, con imaginación, que se convierte aquí en instrumento de ser original en el mundo –a veces el deseo de la felicidad es el delirio y el delirio ya es serlo—. Porque se comprende la certeza como misterio, aquí se logra la poesía cuando reconoce, con buena parte de la imaginación de que es capaz, que el mundo no es mejor por los propios hombres y por él mismo, que es uno de ellos. Y la imposibilidad de entenderlo queda como misterio.
En tal dirección, e intentando mostrar la diferencia, algunos poemas tratan del goce espiritual y su trascendencia en los seres y las cosas para lo cual emplea más de una vez la metáfora del «sol» en su sentido de gloria, espiritualidad, iluminación, o lo que en su envés también significa vanidad o idealismo incompatible con la realidad; o una manera contemporánea de expresar el afán de absoluto y nos confiesa que, nada llegará más lejos que la autoconfianza, la que conquistas por ti mismo, por la idea elevada que tienes de ti.
En este libro, como en sus entregas anteriores, el poeta muestra su interés por la naturaleza femenina, pero en vez de hacer referencia a personajes específicos, se dedica a develar esencias, por ejemplo, el hecho de que la mujer construye su propio imaginario y se celebra a sí misma. Ubica aquí también cantos sutiles para ellas abierta o secretamente lúbricos o intuitivos, a veces discursivos, donde puede llegar a ser el voyeur de las mujeres o el creador de baladas masculinas que dan fe del paseo de las féminas. Si cuando escribíamos de sus libros anteriores afirmábamos que había atisbos allí de elementos de poética, aquí los textos de poética son mayoría, lo que llega a constituirse en hecho curioso y llamativo, pues la mayoría de sus compañeros de generación escribieron sobre semejante tema en sus primeros libros que tratan sobre la poesía y la escritura.
Clasifican bajo tal temática los poemas publicados en forma de recuadro, aunque no son los únicos, como el que abre el libro, que llegan a sumar un total de veinte. En el primer poema reparamos en el manejo de ciertos elementos dramáticos: colocar como pórtico de su libro opiniones de la crítica en forma de recuadro o cartel, además de remedar ciertas puestas en escena, nos recuerda que nos movemos en un mundo donde es importante el marketing. Ocurre un círculo: la crítica comenta la poética, la poética vuelve al texto gracias a la crítica. Un acto que pudiera parecer egótico y postmoderno pone al descubierto los ejes de su vertiente creativa con cierta «ingenuidad» —sorda ironía—: los que promueven fijan. En varias de las ya descritas «tablas» hay referencia y crítica a la mediocridad literaria. Este asunto aparece igualmente referido en algunos del resto de los poemas. Allí la literatura es como un Dios, como algo en cierto modo inaprensible:
El esfuerzo de los promotores destruido por los creadores. En una conversación –acerca de un creador– entre promotores y creadores, ¿quién gana? ¿El promotor que diatriba al creador diciendo que este comete erráticas posturas al hablar del trabajo literario; o el creador que le riposta en literatura, por ser literatura, no hay posición acertada?
En tal sentido piensa que en ella todo está permitido, incluso en la crítica: todo puede ser objeto de la ficción. Entre estos nombrados por mis textos de poética ubica más de una de sus llamadas y mejor logradas «crónicas», que, aunque se agenciaron algún premio sólo fueron publicadas en alguna revista hace muchos años, demostrando así la condición transgenérica de su poesía. De forma general, los recuadros entregan «información» de carácter didáctico o insólito, incluso absurdo, (sobre todo del habla popular o marginal) que también se constituyen en metáfora, recurso principal en su imaginario: hechos o momentos de la vida que el poeta escoge, aísla, trascendentaliza. Tropos con acciones reales directas que pueden ser, que son cargados de simbolismo. En ellos se repite la palabra «promotor» con variedad de significados, pues el autor nos hace ver que promotores son todos aquellos que le dan vida a la lengua, ya sean literatos o marginales –Pueden hallarse en este sentido textos sobre curiosidades lingüísticas y hasta metáforas que subyacen en el habla marginal concebidas con gran sentido del humor—. Como balance de nuestros acercamientos anteriores y este, puede afirmarse que el autor es un virtuoso de la enunciación poética, del acto de la enunciación, de hacer que el texto ascienda por la preeminencia de los eslabones de ambigüedad, por la creación de nuevas significaciones de vocablos que no significan en sí mismos, nadas que se resemantizan en el contexto, por el juego con aliteraciones marcadas o interiores, porque asume motivos prestigiosos de la poesía como la noche, el sueño o la escritura y sale airoso, porque en muchos de estos poemas se unen lo clásico y lo postmoderno, dejando en el aire la magia de lo primero, porque opera decidiendo metáforas con el lugar común o con una especie de ansiedad por los significados, porque las cosas lleguen a significar, lo que apunta inevitablemente a la utopía. Y, ¿para qué sirve la utopía? La utopía, según Barthes, sirve para fabricar sentido, y es familiar al escritor porque el escritor es un dador de sentido.
***
Artículos relacionados
Con una quieta voz de entendimiento
Visitas: 24






Deja un comentario