
El 29 de abril de 1975, los teletipos difundieron la noticia de la entrada en Saigón de los patriotas đel FNL. El estremecedor y esperado suceso nos llenó de júbilo: era el final necesario de uno de los acontecimientos más dramáticos de este siglo; el último acto de la epopeya de un pueblo valeroso en lucha contra el imperialismo.
Muchos libros se han eserito sobre Viet Nam, En América Latina, hay que destacar la novela de un testigo excepcional de esa guerra en la que se decidió el destino del heroico pueblo vietnamita: Los negros ciegos, del cubano Raúl Valdés Vivó, Concebida cuando los acontecimientos no permitían asegurar la victoria, la novela profetiza lo que tenía que suceder. Él que la lee devela de inmediato el secreto de la invencibilidad de los vietnamitas: el miedo a no morir, por miedo a la esclavitud.
Esta obra, publicada por Pueblo y Educaciónpor primera vez en 1971 y luego reeditada en 1976 fue editada por el escritor Luis Rogelio Nogueras y las palabras al lector son de Mirta Aguirre, las cuales compartimos como invitación a leer Los negros ciegos.
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AL LECTOR
Estamos dentro de una piel: la de Tom Clark.
Se sabe que es piel porque hay manos, cara, un reborde de cuello que lo dicen. Porque estamos, también, dentro de un uniforme —el de los soldados norteamericanos que hacían la guerra en Viet Nam hace media docena de años—. Y un uniforme procura dejar fuera de sí tan poca piel como, dentro de sí, poco pensamiento, cuando ese uniforme se fabrica para colocárselo encima a hombres que, porque así conviene a los intereses de unos cuantos inasibles que pueden llamarse kafkianamente «bonos», «cupones>, «acciones», tienen que ir muy lejos a ametrallar, bombardear, quemar vivos y exterminar a bayonetazos a otros —hombres, mujeres, niños– que nada les han hecho.
Estamos dentro de la piel de Tom Clark, y esa piel es negra.
Nos hemos deslizado en ella con la complicidad de Raúl Valdés Vivó porque, primero como periodista y después como primer Embajador de Cuba ante el FNL y el Gobierno Provisional de Viet Nam del Sur, Valdés Vivó conoció bien a Tom Clark, lo comprendió y fue su amigo, aunque esto último pueda sorprender a unos cuantos.
Por esto podemos comprobar que si todos los uniformes dejan fuera de sí poca piel, hay algunos que se manufacturan, especialmente, para dejar por dentro menos ideas. Sólo tres o cuatro. Tres o cuatro muy bien seleccionadas, por supuesto.
Como las que tuvo dentro de la mollera, durante casi toda su vida, el soldado Tom Clark.
Como las que tuvo Joe Thompson, hasta el instante en el cual, por haber adquirido muchas otras sin permiso de sus autoridades superiores, murió de un inesperado tumor cerebral, sin haber tenido tiempo de ver a Carol y a los niños.
Los soldados de los ejércitos invasores de las grandes potencias imperialistas, tienen que tener mucho cuidado con eso de las ideas. Pase lo que pase, han de saber regresar a casa —si Dios quiere— con las mismas que les colocaron en la cabeza al salir de ella. Aunque sean pobres. Aunque, además de pobres, sean negros. Mientras más pobres y más negros, más peligrosas son para ellos las ideas nuevas. Contaminan. Contagian. Dan lugar a que cualquiera comience a ver el mundo al revés. Y a veces hacen cometer delitos, seguidos por ataques de amnesia en los que se jura que no se ha hecho nada de lo espantoso que dicen que se hizo y que cuesta silla eléctrica o infinitos años de encierro, O propician colapsos cardiacos. O hacen crecer en el cerebro tumores cancerosos, peligrosísimos de operar, como el que le brotó a Joe Thompson.
Sobre esto es sobre lo que Raúl Valdés Vivó construye su novela Los negros ciegos. Y por construirla sobre ello, es por lo que es amigo de Tom Clark.
Habría sido muy fácil otra cosa. Habría sido facilísimo decir que Tom era una bestia sedienta de sangre, un asesino nato de los que ameritan que se escupa al pasar por su lado. Pero, ¡tenerle lástima, darse cuenta de que también él es una víctima de la guerra más que ha visto el siglo, cuando él es uno de los «malos»! ¡Entender por qué él no puede comprender!
Ver las cosas así, y conseguir que así pueda asimilarlas el lector, sin que por ello se sienta inclinado a la absolución, no está al alcance de cualquiera. Para ello se precisa una inteligencia muy madura, una sensibilidad muy educada y, desde luego, una pluma. Pero primero, y por encima de todo eso, se precisa que todo lo anterior tenga sus cimientos en una muy segura formación ideológica.
Por eso, una novela como la presente, solo podía salir de manos de un escritor como Raúl Valdés Vivó, uno de los más abnegados y fervientes aliados del pueblo vietnamita; pero, también, uno de los más resueltos combatientes de la lucha de clases, desde las trincheras de «los pobres del mundo». Donde quiera que esta se libre. Sean los que fueren los matices aparentemente desorientadores que esta asuma.
Periodista de primer orden, Valdés Vivó mantiene al abordar la novela, el estilo directo y conciso, la preferencia por la presentación escueta de los hechos, la línea recta enemiga de digresiones. De ahí que lo que en otro habría podido tener el doble de cuartillas, posea en él la mitad. Pero, por eso mismo, cuando se le lee, es difícil poder saltarse un párrafo, por breve que sea, o pasarle por encima a la ligera. Cada línea escrita, lo está porque en ella ha habido algo sustancial que decir.
Concebida cuando los acontecimientos no permitían aún asegurar la victoria de Viet Nam, aunque esto fuese previsible, la novela profetiza, en pocas palabras, sin parecer hacerlo, lo que tenía que suceder. Se trata del instante en el que el autor describe «ese anhelo de morir por miedo a la muerte», que se apoderaba, en la selva, de muchos soldados norteamericanos y que se ha visto en otros, en otras guerras. Aunque nada se agrega, el que lee devela de inmediato, por sí mismo, el secreto de la invencibilidad de los vietnamitas; lo que los hacía preferir caer con las armas en la mano antes que rendirse: el miedo a no morir, por miedo a la esclavitud.
Lo que, dicho sin juegos de palabras y como verdaderamente debe decirse, porque así fue, es: el valor de morir por amor a la vida y a la libertad.
Homenaje a su heroísmo, Viet Nam nada tiene que agradecer a este libro, ya que ese heroísmo obliga y obligará siempre a todos los pueblos del mundo a ser quienes deban agradecimiento a Viet Nam. Quien sí debe agradecerlo a su autor es el pueblo humilde y sencillo de los Estados Unidos, retratado aquí sin idealizaciones, pero con justiciera equidad revolucionaria.
Mirta Aguirre
Sobre el autor de la novela
Valdés Vivó (1929-2013) comenzó a escribir en 1946 en la revista Mella, que dirigió en la clandestinidad durante el batistato. Sufrió persecuciones y cárcel, y fue secretario General de los comunistas universitarios y miembro de la Dirección Nacional de la Juventud Socialista. Al triufar la Revolución fue Subdirector de Hoy.
En 1965 visitó las zonas liberadas de Viet Nam del Sur. En 1966 recorrió la RDV y fue uno de los pocos extranjeros que llegó hasta el paralelo 17 bajo los bombardeos yanquis. En 1967 fue nombrado Embajador ante el Reino de Cambodia, y en 1970 presentó sus cartas credenciales en la selva, ante el FNL, luego Gobierno Revolucionario Provisional de Viet Nam del Sur. En varias oportunidades visitó las zonas liberadas de Laos.
En 1971 fue designado también Embajador en la RDV, por lo que su misión diplomática abarcó toda Indochina. Ella concluyó después de firmados los acuerdos de Paris en 1974.
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