
Muchas son muchas las personas que a lo largo de los años se me han acercado para preguntarme cómo hablaba, trabajaba y vivía aquel hombre obeso, glotón y asmático que fue José Lezama Lima. Para dar respuesta a dichas interrogantes publiqué hace más de diez años Así hablaba Lezama Lima (Colección Sur; varias ediciones) título con el que evoqué el de aquel famoso libro de Fredrich Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, que tanto influyó en el autor de Paradiso. Incluí doce entrevistas que cubren un periodo que va desde 1954 hasta 1975*.
Pienso que en esas entrevistas en las que el escritor tendió no pocos puentes hacia su obra, hay elementos suficientes para dar respuesta a esas preguntas. Porque más allá de lo que afirma acerca de sus novelas y su poesía, de su sistema poético del mundo y de sus filias y sus fobias literarias, va tejiéndose a lo largo de casi todas ellas la biografía inmediata de un poeta que escribió siempre a mano, no fue remiso a proclamarse católico a su manera, creyó en la resurrección y nunca tuvo, aun en épocas de carencias traumáticas, menos de cinco platos en su mesa.
«Me gustan los placeres de la buena mesa cuando vienen acompañados de la inteligencia…una buena mesa, una buena conversación y un buen mantel renacentista son las cosas que más se pueden apetecer en este mundo», dice en una de las entrevistas incluidas, de las que emerge un fumador insaciable de puros habanos y un ser torturado por el asma que lo obliga a recurrir una y otra vez al nebulizador para recobrar el resuello y ensanchar el fuelle corporal.
Esa debilidad hostil, como llama al padecimiento, es la causa de su curiosa entonación. Parece que va a ahogarse a mitad de la frase, la recobra y le imprime un énfasis mayor hacia el final. A veces el sofoco le impone largos silencios que hacen más misteriosa aun su presencia. Tiene una voz terrosa y algodonada, cree advertir uno de sus entrevistadores. Una voz lenta y cascada, dice otro. De cualquier manera, es un conversador maravilloso que pasa sin transiciones de la cita erudita al chisme del barrio y que, con picardía criolla y cubanía arraigada, es capaz de recrear situaciones y estados de ánimo. Habla a veces con una seriedad infinitamente cómica. Deslumbran sus artificios verbales, cautiva el lujo de sus metáforas que nunca parecen rebuscadas, impresiona su forma de asociar lecturas con temas y acontecimientos cotidianos. Sabe imponer respeto a amigos y enemigos y es dueño de una ironía demoledora. Está ahí para relatar la confidencia, aislado e inconmovible como una montaña, asevera uno de los periodistas que lo interroga. Invicto, absoluto, desafiante. Como Juan Ramón Jiménez, sabe él valerse de las pausas, los acentos, los perplejos, las miradas y, tanto como en sus palabras, hay también sabiduría en sus gestos y en sus silencios.
Es muy modesta la casa del poeta, la misma que habitó durante casi cincuenta años. La agobia el aire de la vetustez. Atiborrada de libros y adornos que vienen desde muy atrás, con un ventilador que desde lo alto de un mueble runrunea como la mosca que importunaba a Sinuhé. Un hogar impregnado del recuerdo de la madre de Lezama y al que María Luisa Bautista, la esposa, se ha sumado como el ser que acompaña al hombre que necesita vivir rodeado de «una montaña de madres», y que, con inteligencia, logrará hacerse, sin embargo, imprescindible. Ella ofrece al visitante, frio y con limón, lo que el escritor llama «el mejor té de La Habana Vieja», y su rostro, impasible y amable asoma en casi todos los textos incluidos en el volumen. Serena y reservada, escucha la conversación del esposo; más bien la vigila. Es un testigo sonriente, valora uno de los entrevistadores. Una sonrisa que habla por todas las palabras, afirma otro de los periodistas visitantes, y que propicia un ambiente único de armonía. “Mi mujer es mi mejor amiga y consejera», expresa el poeta.
Emerge de esas entrevistas un Lezama amable, paciente ante la embestida de sus interrogadores. Cordial y espontáneo, receloso de la grabadora que mata por ratos el tono jubiloso de la charla. En ocasiones, cuando termina el rosario de preguntas y respuestas insiste en escuchar lo que recogió el aparato para comprobar así que no hubo trucos y que todo está en orden.
Entre otros muchos temas aparecen en las páginas de Así hablaba Lezama Lima los conceptos del poeta sobre el hermetismo, el barroco, lo cubano, el tiempo, la eternidad… No rehúye la pregunta difícil, aunque aclare que existen temas que si no nos preguntan sobre ellos sabemos qué responder y que hacen que quedemos sin respuesta ante la interrogación directa. «La poesía es como el aire», dice, y precisa que cuando un escritor llega a determinado momento de su expresión no tiene ya influencias directas. Da cuenta de una sencilla convicción de su valor: «Así como soporté la indiferencia con total dignidad, ahora soporto la fama con total indiferencia».
Casi todas las entrevistas incluidas se realizaron a partir de la publicación de Paradiso o hacen de la novela su tema central. Es lógico. Paradiso catapultó a Lezama Lima. Impulsó a críticos y lectores hacia sus libros precedentes, le abrió las puertas de casas editoriales, universidades y academias. No era entonces ciertamente un desconocido; mucho había hecho gemir ya las ruedas impresoras y en Cuba al menos, para decirlo con palabras de Oscar Hurtado, se era lezamista o antilezamista, nunca indiferente. Pero esa novela convirtió a su autor en noticia.
Lo sabían los periodistas que iban a visitarlo e insistían hasta la reiteración en temas y preguntas que avivarían esa noticia. El entrevistado, que no quería que su lector fuese dueño de una sola corbata gris, se las arreglaba para evadir lo ya dicho y manido y, más que repetirse, complementarse.
Con sumo deleite se recorren las palabras de Lezama. Son las palabras de un hombre invicto, absoluto y desafiante, vivo más allá de su muerte.
*Son: Se figuran que soy un tipo raro, de Ricardo Riaño Jauma (1954); Escribo para configurar lo oscuro, de Salvador Bueno (¿1966?); Cuando la expresión es plena, la comunicación se establece, de Margarita García Flores (1967); El peregrino inmóvil, de Tomás Eloy Martínez (1968).
Definir es cenizar, de Eugenia Neves (1969); Asedio a Lezama Lima, de Ciro Bianchi Ross (1969-1975); Lanzar la flecha bien lejos, de Rosa Iliana Boudet (1970); Entre la magia y la infinitud, de Reynaldo González (1972); La poesía es como el aire, toca al hombre y lo define, de Francisco Garzón Céspedes; No hay explicación, pero hay poesía clara y poesía oscura, de Eugenio Pontón.
A todos soy deudor, de Fernando Martínez Laínez (1974); La imagen para mí es la vida, de Gabriel Jiménez Emán (1975).
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