
El 17 de enero de este año se conmemoró el aniversario 205 del nacimiento de Anne Brontë, a quien algunos han llamado «la feminista olvidada». Anne nació en 1820 en Thornton, Yorkshire, y comenzó su carrera literaria con el libro Poems (Poemas, Aylott and Jones, Londres, 1846), una selección de versos de las tres hermanas Brontë publicados bajo los seudónimos masculinos[1] de Currer, Ellis y Acton Bell. Las Brontë solo revelarían su identidad cuando, ya publicadas sus primeras novelas, supieron que el editor de Jane Eyre, de Charlotte, y el de Agnes Grey, de Anne, creían que tras los distintos seudónimos se ocultaba una misma persona, por lo que ambas se presentaron en la editorial londinense de George Smith para aclarar el error.
En 1839, Anne había comenzado a trabajar como institutriz; sus vivencias en este empleo, uno de los pocos que la sociedad de la época permitía a las mujeres, las reflejó en su primera novela, Agnes Grey (T. C. Newby, Londres, 1847), elogiada por el novelista irlandés George Moore como «la narrativa en prosa más perfecta entre las obras literarias inglesas»[2].
La segunda y última novela de Anne, The Tenant of Wildfell Hall (La inquilina de Wildfell Hall, T. C. Newby, Londres, 1848), es considerada una de las primeras novelas feministas, por su tema y por la forma de abordarlo. La protagonista es una mujer que ha huido de un marido violento, adicto al alcohol y a las juergas. Intentando desenvolverse por sí misma junto a su pequeño hijo, lejos de un matrimonio frustrante, Helen reivindica el derecho de la mujer a tener una vida propia y digna. En su colección Clásicos Ilustrados, la Editorial Alma publicó esta novela en 2022, con traducción al español de Laura Fernández e ilustraciones de Mar Azabal.
En el prólogo a la segunda edición inglesa de La inquilina de Wildfell Hall, la feminista Anne suscribe toda una declaración de principios:
Respecto a la identidad del autor, quisiera que se entendiese claramente que Acton Bell no es ni Currer ni Ellis Bell, y que por lo tanto sus errores no deben atribuirse a ellos. En cuanto a si el nombre es real o ficticio, eso no ha de significar mucho para aquellos que solo le conocen por sus obras. Igual de poco ha de importar, pienso yo, si el escritor así designado es un hombre o si es una mujer, como uno o dos de mis críticos han sospechado. Tomo la imputación por el lado bueno, a modo de cumplido por haber delineado con justeza a mis personajes femeninos; y aunque estoy tentada a pensar que tal sospecha motiva en gran medida la severidad de mis censores, no hago esfuerzos para refutarla, porque en mi fuero interno me satisface que si el libro es bueno, lo es con independencia del sexo de su autor. Todas las novelas son escritas, o así debería ser, para que las lean hombres y mujeres, y no puedo concebir cómo un hombre podría permitirse escribir algo realmente inaceptable para una mujer, o por qué a una mujer debería censurársele por escribir algo que sea conveniente y enaltecedor para un hombre.
La muerte de sus hermanos Branwell y Emily en 1848 fue un duro golpe para Anne, cuya salud, siempre delicada, empeoró hasta el desenlace fatal: la más joven de los Brontë falleció en Scarborough, Yorkshire, el 28 de mayo de 1849, a los 29 años. Sus novelas siguen siendo traducidas y reeditadas hasta el día de hoy; La inquilina de Wildfell Hall ha sido adaptada en dos ocasiones como serie de televisión. Sus escritos originales en inglés aparecen en Wikisource y el Proyecto Gutenberg. La Editorial Alba, de Barcelona, publicó en 2022 su Poesía completa, en traducción de Xandru Fernández; esta y otras obras de Anne pueden adquirirse en formato digital en Internet.
Comparto con los lectores mi versión de un poema de Anne Brontë.
***
Sombríos son los bosques y húmedo es su suelo,
Recubierto por densa capa de hojas caídas,
Y es también frío el viento que en torno merodea,
Con su gemir salvaje y melancólico;
Sin embargo, hay un techo afable que conozco,
Y que puede ampararme del invierno y sus ráfagas;
Hay un fuego rosáceo en cuyo resplandor
Tendré alegría a cambio de mi vagar pasado.
Y si bien todavía por doquiera que vaya
Frías miradas ajenas se encuentran con mis ojos;
Aunque, mientras mi espíritu se hunde en el desaliento,
Se multiplican las visiones extrañas;
Aunque la soledad, tan prolongada, hace
Que decaigan tan pronto los gozos juveniles,
Convierte la alegría en un sabor extraño
Y a diario me ensombrece y nubla el mediodía;
Cuando van retornando pensamientos amables,
En un desalentado fluir, hacia mi pecho,
Bien sé que existe, aunque esté muy lejos,
un hogar donde alma y corazón reposarán.
Allí hay tibias manos que, unidas a las mías,
El corazón más tibio no las defraudará;
Alegría, verdad y amistad resplandecen
En los labios sonrientes y los ojos sinceros.
Este hielo que aún me envuelve el corazón
Va a deshacerse, y dulcemente, entonces,
Los gozos juveniles que ahora palidecen
Retornarán para alegrar mi alma.
Todavía estoy lejos, pero este pensamiento
Dondequiera será mi esperanza y consuelo;
Mientras pueda contar con un hogar así,
Nunca en mi corazón habrá desesperanza
[1] Como se sabe, era común en la época que las escritoras usaran seudónimos masculinos para garantizar que se les concediera el mismo respeto que a los hombres y que la venta de sus escritos no se viera afectada por motivos de género.
[2] Citado por Derek Stanford en «The Literary Prowess of Anne Brontë». Consultado el 25 de agosto de 2025.
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