
En el Paseo del Prado de la ciudad de Cienfuegos un busto erigido en su memoria recuerda que en esa sureña ciudad cubana nació Mercedes Matamoros y Del Valle.
Esta poeta falleció el 25 de agosto de 1906 en Guanabacoa, fecha de la que ahora se cumplen un siglo y dos decenios. Apunta el crítico Max Henríquez Ureña que dos aspectos principales resaltan en el quehacer de Mercedes Matamoros: su labor como traductora y su creación poética.
Acerca de las traducciones, el hecho se explica porque en su niñez y junto a don Dionisio, padre y mentor, aprendió varias lenguas. En tanto que como poeta es autora del muy conocido soneto «La muerte del esclavo», que por su audacia causó estupor entre las autoridades coloniales:
Por hambre y sed y hondo pavor rendido,
Del monte enmarañado en la espesura,
Cayó, por fin, entre la sombra oscura
El miserable siervo perseguido.
Aún escucha, a lo lejos, el ladrido
Del mastín olfateando en la llanura,
Y hasta en los brazos de la muerte dura
Del estallante látigo el chasquido.
Mas de su cuerpo ante la masa yerta
No se alzará mi voz conmovedora
Para decirle: «¡Lázaro, despierta!».
¡Atleta del dolor, descansa al cabo!,
¡que el que vive en la muerte nunca llora,
y más vale morir que ser esclavo!
Mercedes prefirió callar durante el período de la Guerra de los Diez Años antes que entregar sus composiciones a periódicos y revistas integristas. En total publicó solo dos libros: Poesías completas, de 1892, con prólogo de Aurelia Castillo, que «sirvió para aliviar la crítica situación de la insigne poetisa», como señaló el escritor y ensayista José Manuel Carbonell, y Sonetos, de 1902, el cual apareció prologado por el diplomático y literato Manuel Márquez Sterling. Muchas de sus composiciones las dio también a conocer en Diario de la Marina, El Fígaro y otras publicaciones literarias, haciéndose conocida por el seudónimo de Ofelia.
Nacida en 1851 y huérfana de madre a los tres años, llevó una vida triste desde el momento en que su padre enfermó y perdió la razón. Cuando don Dionisio murió en 1893, ella quedó en una situación económica muy precaria.
No queremos finalizar este comentario sin incluir un fragmento del poema que a manera de agudo retrato le dedicara José Martí en un abanico. Dice así:
... tú, la doncella garbosa
en cuyos ojos anidan
blandas miradas de tórtola,
trágicas luces sombrías.
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