
En La Habana, especialmente en la barriąda de Luyanó, acontecen extraordinarias historias en las que la realidad, la fantasía, la tragedia, el absurdo y lo grotesco se entretejen para dibujar personajes que caminan por la cuerda de la locura, la marginalidad, el oportunismo o el deseo, dejando al descubierto una amplia variedad de sentimientos, pasiones y conductas humanas.
La prosa fluida de Alexis Díaz-Pimienta y su hábil manejo del lenguaje le confieren a estos relatos un viso cinematográfico que, unido al efecto sorpresa y a los giros inesperados, garantizan el placer de su lectura.
Publicado por la Casa Editora Abril en 2026, El ahorcado del río Luyanó es un conjunto de cuentos editados por Adriana Daniel Aneiros y con las ilustraciones de Hanna Chomenko. La dedicatoria da cuenta de la importancia de este barrio habanero en la familia Díaz Pimienta: «A mi hermano Marcelo (Ichito), in memoriam, por haber sido el poeta más popular de Luyanó, y por enseñarme a amar el barrio. Y a mi familia toda, que ha hecho de Luyanó su pequeño universo».
La promesa (o María y los parques)
Tú no tienes Marías que se van…
CÉSAR VALLEJO
Colocaba los bloques sin ningún tipo de ortodoxia constructiva, sin accesorios de albañilería como la plomada, el nivel o la escuadra. Solo empleaba un flotador de madera y uno de metal, dos cucharas de albañil, dos cubos, una pala, un martillo, muchos clavos, pedazos de madera y ganas, muchas ganas. Había que poner los bloques, había que terminar la casa, okey, equelecuá, para eso estaba él, pared arriba, solo como siempre, con el pantalón ripiado, con la camisa sucia y anudada a la altura del ombligo, con el largo cabello recogido en coleta tras la nuca y las gotas de sudor encharcándole la frente, la cara, la enmarañada barba; él solo, como siempre, sin mirar a los lados, sin hablar con nadie, sin comer más que bocadillos y apenas bebiendo agua, él solo, pared arriba, pared arriba, arquitecto, albañil, ayudante, jefe de obra y peón, pañolero y patrón, pared arriba, pared arriba, él solo, okey, equelecuá, con ganas.
Ya está en la última pared, ya falta poco. Suda, pone otro bloque, suda, pone otro bloque, y suda, y otro. No puede descansar, no quiere descansar, tal vez no sabe. Desde los veinte años vive sin descanso. Es un nómada, un caminante solitario; no vagabundea, sino que vive aquí, alla, acullá. donde esté en cada instante. Tiene una rara y profunda filosofía de la soledad, del soliloquio y de la independencia. Dejó la vida familiar a los doce años: tras el divorcio de sus padres se divorció él también de toda su familia. Vivía así, sin planes, solo, pero muy a gusto. Para él la vida era esta mosca que espanta ahora y no esa que espantó hace un rato; esta legumbre que muerde ahora y no la ya mordida y digerida; este bloque que pone ahora y no el que pondrá luego, ni siquiera el más próximo. Cada bloque existía, «era», solo en el preciso instante en que lo estaba pegando sobre otro, y solo durante el breve tiempo que duraba esta acción. No creía en el futuro, no existía el futuro: mañana será un día que en cuanto llegue será hoy, por lo tanto, mañana no existe. Lo comparaba con el horizonte: caminas hacia él, siempre hacia él, nunca hasta él mismo.
Toda esta filosofía sobre el tiempo y la vida le venía de sus primeras lecturas en la adolescencia. Cuando los demás niños de su edad leían a Mark Twain, a Verne o a Salgari, él rumiaba raros libros que guardaba su padre en un baúl añoso. Nombres como Kierkegaard, Shopenhauer, Ingenieros, Nietzsche componían su vasta biblioteca móvil: su memoria.
Y junto a ellos —oscuros, ininteligibles muchas veces— poetas y científicos, Einstein y Aristófanes, el Carpentier de Viaje a la semilla, el Borges de El Aleph y el Kafka de El ayunador y de El proceso. Libros y notas que ahora cargaba en su mochila como amuletos de consulta.
Llevaba años deambulando por La Habana sin coger ómnibus, ni taxis, ni otros vehículos; a pie, con su mochila, con sus cabellos y su barba sucios, con sus viejas sandalias, su ropa harapienta, su extraño modo de caminar encorvado, como si buscara algo sobre el pavimento. A pie por toda la ciudad con su estampa quijotesca, hablando con los niños, piropeando a las mujeres, diciendo sentencias y recitando versos. A veces se inspiraba solo, pero otras veces la gente le pedía, «el poema del sabio, diga el del sabio», y entonces volvía Segismundo a ser célebre en los labios de este loco habanero, en sus gestos hiperbólicos:
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba
que solo se alimentaba
de unas hierbas que cogía.
Aquí comenzaban a llegar más curiosos, y ya no solo complacía al pequeño Lazarilloo a la preciosa Dulcinea que había solicitado el poema: ahora había un corro gigantesco de oyentes que esperaba el final de la clásica décima, ojos y tímpanos que disfrutaban de su manera personal de decirla, así, sobre el contén, mirando a todos como quien brinda una lección de humildad y sapiencia.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Hacía una brevísima pausa y miraba a cada uno de sus espectadores, con énfasis, como si esperara la respuesta de cada uno de ellos para continuar:
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
Ahora todos aplaudían y él hacía una reverencia profesional, sin mirarlos, y continuaba a pie por la ciudad, hasta que otro travieso Lazarillo o una nueva Dulcinea le pidiera otros versos.
A pie con su mito de sabio caminante, de hijo del Caballero de París, de amigo de nadie y amigo de todos, mito fundado en sus apariciones tan inesperadas y en su supervivencia sin tener un techo, una cama, un plato de comida caliente. No trabajaba, pero siempre tenía dinero. EI mito se ramificaba: unos decían que era heredero de un millonario nortemericano; otros, que gozaba de una pensión vitalicia del Estado por no sé qué servicios de su abuelo materno; otros, que era un ricachón disfrazado de de mendigo, como el Arturo de Córdova de Dios se lo pague. Todos decían algo, todos lo conocían. Y en el fondo todos lo querían o lo necesitaban. Para algunos solo era un loco más de la ciudad, un harapiento más, pero con gracia. Sin embargo, para la mayoría era algo muy especial y pintoresco, distante de aquellos mitos económicos y peliculeros: seguía siendo un hijo desconocido del Caballero de París (el mito más popularizado), o un poeta enloquecido y venido a menos, o un filósofo que una crisis familiar arrojó a los dominios de la sinrazón y el abandono. El caso es que todos en la ciudad sabían o decían algo, averiguaban o adivinaban por dónde andaba en cada instante:
—Está en la Víbora…
—No, no, está en Guanabacoa…
—Que no, que ahora mismo estaba en el Jalisco Park…
—Se equivocan, señores, lo vi hace diez minutos, compró lechuga y col en el Mercado Único…
Era un hombre flaco, de edad incalculable, de huesos largos y de piel bruñida. Llevaba una mochila cargada de misterio, también parte esencial del mito; para los niños era una especie de morral sin fondo en el que podía haber de todo: caramelos, cohetes, barcos, pistolas, libros, animales; para los adultos era una alforja loca, llena de libros de los que él sacaba sus aforismos, versos y sentencias, pero llena también de cosas sucias e incoherentes para el uso diario.
En realidad esa mochila era su única casa, su cuartel de utilería, llena, tenían razón, de cosas sucias e incoherentes: un mapa de La Habana —simple amuleto, ya que la conocía de memoria—, varias cajas de fósforos, cigarros, sogas, libros. libretas de notas, ropa interior y vegetales que compraba o que le regalaban algunos vendedores y vecinos. Porque solo comía vegetales. Desde muy joven se había afiliado al naturismo y había hecho de él casi un credo: digestión bucal, digestión estomacal, todo hay que masticarlo, hasta el agua, así se liberan las enzimas, las enzimas ayudan, la Natura es la Madre, la Gran Madre. Y era fiel a su código. Incluso había llegado al crudismo: solo engullía vegetales crudos. Aunque claro, es muy fácil para quienes no somos naturistas —sobre todo en La Habana, ciudad carnívora y grasienta como pocas—, pensar que el naturista nos engaña, que miente, o que, alguna vez al menos, se autotraiciona, o se autoengaña. Es muy fácil imaginar al naturista encerrado en un cuarto desguazando un buen muslo de ave o un bistec, previos cerrojos en las puertas, tapón en las hendijas. Es muy fácil, pero no con él, no con alguien que carece de cuarto, que no tiene puertas ni hendijas taponables. En plena calle su traición sería pública, y la voluntad del naturista está en su orgullo.
Todos lo conocían, algunos lo querían como si fuera un familiar, alguien imprescindible, íntimo. Por eso aquella tarde, cuando lo vieron aparecer arrastrando un bloque, halándolo con una soga de casi dos metros que llevaba sobre el hombro, hubo quienes creyeron que ahora sí se había vuelto loco, ahora sí, de remate. Pero muchos otros nos acordamos de las tradicionales promesas a san Lázaro, de la viejita descalza de la iglesia de Infanta, de los peregrinajes los 17 de diciembre hasta El Rincón.
—Nada, que hice una promesa —decía él, riendose, y arrastraba un bloque cada día, siempre un bloque, pero nunca el mismo, siempre un bloque, pero no hasta El Rincón, siempre un bloque, pero no para pagar una promesa a san Lázaro, sino para cumplir una promesa a su María sin muletas ni perros: iOh, María, María!
La había conocido hacía solo dos meses, la Dulcinea perfecta, trigueña, alta, con cuerpo de modelo, inteligente, aventurera como él. Poco se sabía sobre ella, aunque alguna que otra vez se les había visto juntos comer lechugas frescas en un banco del parque (siempre un banco distinto, en en un parque distinto, a una hora distinta; siempre la inexactitud y el misterio, mítico pero también artificioso de aquellos que tejían Su leyenda y que le incorporaban, ahora, el personaje de María). Él, cuando andaba solo, hablaba de ella y muchos pensaban que era otra de sus alucinaciones, otro personaje, como la Cordelia del tal Kierkegaard, o la Rosaura de las décimas.
—¡María! —decía y suspiraba, ¡hoy no he visto a María!
Pero luego seguía con su pasión tradicional por los poemas, los aforismos, las sentencias, y piropeaba a las demás mujeres que le pasaban por el lado, como si fuera cada una de ellas la única beldad que le importara. Las mimaba, las hacía reír, posaba de Quijote y de Romeo, adarga al brazo ahora y trepadera hacia balcones diferentes luego. Aunque al final, cuando daban la espalda las risueñas Julietas, las Dulcineas piropeadas, él se acercaba a cualquier niño del corro y le decía al oído:
—De todas formas, yo prefiero a mi María, ¿sabes?
Siguió creciendo el mito. Se extendió la idea de que María era otro invento, otra alucinación suya. Nadie sabía que María existía de veras y que él, de veras, la amaba como no había amado nunca a nadie, misteriosa mujer de piernas largas y sonrisa melifua, la inasible María. la misteriosa amante del loco más célebre de la ciudad. del millonario mendicante, del poeta vesánico o del filósofo perdido.
(…)
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