
Nancy Morejón (La Habana, 1944) es una de las voces más relevantes de la poesía cubana, quien ha recibido importantes reconocimientos dentro y fuera de América, destacándose en especial, el premio Nacional de Literatura 2001. Traductora y ensayista, ha alcanzado un inestimable prestigio consagrándose al estudio de la obra de Nicolás Guillén y de las literaturas del Caribe. Directora de la Academia Cubana de la Lengua entre 2012 y 2016. Fue presidenta de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), además de asesora de la Casa de las Américas.
Trofeos IV
Escribir el nombre del amor.
Escribir el nombre del hambre,
el nombre de la espera y el tumulto.
Escribir el nombre de los dioses
y el nombre de la guerra.
Gritar el nombre de los muertos
y despoblar las prisiones.
Amar la creación desde la muerte.
Soltar amarras y volar.
Aprender a ser niña.
Necesitar dudar.
Madre
Mi madre no tuvo jardín
sino islas acantiladas
flotando, bajo el sol,
en sus corales delicados.
No hubo una rama limpia
en su pupila sino muchos garrotes.
Qué tiempo aquel cuando corría, descalza,
sobre la cal de los orfelinatos
y no sabía reír
y no podía siquiera mirar el horizonte.
Ella no tuvo el aposento de marfil,
ni la sala de mimbre,
ni el vitral silencioso del trópico.
Mi madre tuvo el canto y el pañuelo
para acunar la fe de mis entrañas,
para alzar su cabeza de reina desoída
y dejarnos sus manos, como piedras preciosas,
frente a los restos fríos del enemigo.
El tambor
Mi cuerpo convoca la llama.
Mi cuerpo convoca los humos.
Mi cuerpo en el desastre
como un pájaro blando.
Mi cuerpo como islas.
Mi cuerpo junto a las catedrales.
Mi cuerpo en el coral.
Aires los de mi bruma.
Fuego sobre mis aguas.
Aguas irreversibles
en los azules de la tierra.
Mi cuerpo en plenilunio.
Mi cuerpo como las codornices.
Mi cuerpo en una pluma.
Mi cuerpo al sacrificio.
Mi cuerpo en la penumbra.
Mi cuerpo en claridad.
Mi cuerpo ingrávido en la luz
Vuestra, libre, en el arco.
Negro
Tu pelo, para algunos,
era diablura del infierno;
pero el zunzún allí
puso su nido, sin reparos,
cuando pendías en lo alto del
horcón,
frente al palacio de los
capitanes.
Dijeron, sí, que el polvo del camino
te hizo infiel y violáceo,
como esas flores invernales
del trópico, siempre
tan asombrosas y arrogantes.
Ya moribundo,
sospechan que tu sonrisa era
salobre
y tu musgo impalpable para el
encuentro del amor.
Otros afirman que tus palos de
monte
nos trajeron ese daño sombrío
que no nos deja relucir ante
Europa
y que nos lanza, en la vorágine
ritual,
a ese ritmo imposible
de los tambores innombrables.
Nosotros amaremos por siempre
tus huellas y tu ánimo de bronce
porque has traído esa luz viva
del pasado fluyente,
ese dolor de haber entrado
limpio a la batalla,
ese afecto sencillo por las
campanas y los ríos,
ese rumor de aliento libre en
primavera
que corre al mar para volver
y volver a partir.
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