
Estaba a punto de viajar a México donde recibiría, durante la Feria del Libro de Guadalajara, el Premio Juan Rulfo, cuando decidí, previa cita, visitar en su casa al poeta Eliseo Diego a fin de congratularlo por el galardón más que merecido, y, de paso, formularle un par de preguntas. No sería la primera entrevista con el autor de El oscuro esplendor, a quien empecé a tratar en los días en que estuvo al frente del Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí, que radicaba en un reducido cubículo del tercer piso de esa institución cultural, espacio que compartía con el también poeta Octavio Smith, y se desempañaba, al igual que su esposa Bella García-Marruz, como profesor de la Escuela de Bibliotecarios. Entonces –corrían los años 60- le hice una larga entrevista que apareció en el periódico Juventud Rebelde.
A decir verdad, nuestra relación comenzó mucho antes, en mis días de preuniversitario, cuando, casi sin conocerme, me prestó su ejemplar de Tratados en La Habana, de José Lezama Lima, y me obsequió, con una generosa dedicatoria, uno de sus poemarios iniciales, Por los extraños pueblos, ya entonces toda una rareza bibliográfica. Más tarde me obsequiaría no pocos números de la revista Orígenes.
Constante y Eliseo, los hijos del poeta, a los que nunca llamé Rapi ni Lichi, éramos compañeros de estudios entonces en el Instituto Preuniversitario de La Víbora y su residencia familiar se ubicaba en Arroyo Naranjo, una casa que se vieron obligados a abandonar cuando la Autopista Nacional amenazó con pasarle por encima, lo que a la larga no ocurrió.
Tiempo después, ya en 1975, le hice otra extensa entrevista. En la primera me había dicho que «la palabra poeta es tan impresionante para mí que ni siquiera mi vanidad logra relacionarla conmigo». En la segunda, ese artesano del oscuro esplendor que fue Eliseo aseguró que un poema, para él, era la forma de trasladar a una materia huidiza e imponderable –la palabra– las experiencias fundamentales del hombre. Y que era ahí donde intervenía la artesanía porque la palabra era una de las materias más difíciles de dominar que existen y el escritor tenía que ajustarla a lo que emergió de las capas más profundas de su mente para expresarlo con exactitud.
Todo hombre es en esencia un poeta, dijo, lo que ocurre es que la mayoría no tiene el don para encarnar en una materia expresiva sus experiencias poéticas. Un poema, sentenció, es una conversación en la penumbra. Solo se completa en el otro que lo recibe y recrea.
Por eso, en vísperas de su viaje, en la que sería nuestra tercera entrevista me empeñaría en preguntarle si a su juicio, como dijo Octavio Paz, un poema exigía la abolición del poeta que lo escribe para dar nacimiento al poeta que lo lee. Indagar asimismo sobre su método de trabajo y saber cuál de sus poemarios salvaría en caso de diluvio. ¿Vivía el poeta entre la dicha y la tiniebla? ¿Para qué escribir poesía si el esplendor de la realidad no será visto nunca sino a través de un cristal, oscuramente?
Conversamos en su estudio, un sitio que para muchos era un mundo aparte; fuera del calor, la agitación, el ruido, la lucha por la subsistencia. Fuera de la realidad. Fuera del tiempo… aunque en verdad, vivía el poeta muy inmerso en el suyo. Se caracterizó como una hombre ensimismado y taciturno, confiado y agradecido.
Para Eliseo Diego aquel viaje a México fue su último viaje. Allí falleció en 1994. Sus restos fueron traídos a Cuba.
Dos títulos suyos aparecieron recientemente. Una conversación en la penumbra (Ed. José Martí) y Soñar despierto (Biblioteca del Pueblo). El primero compila verso y prosa, una selección cuyo principal atractivo son 16 poemas traducidos al inglés por el propio autor. El otro cuenta con bellas ilustraciones de Rapi, el hijo del poeta. En este, Eliseo viaja a parajes mágicos y sugestivos, y tan sorprendentes que solo pueden ser creados por el lenguaje y la naturaleza que se funden aquí en textos enriquecedores para el lector. La realidad enrarecida, el mundo amable, la capacidad de contemplación y de ensimismamiento, son cualidades de la poesía de este grande de las letras universales.
La dicha y la tiniebla
Aquella mañana de 1993, Eliseo precisó que repitió hasta el cansancio que su poemario preferido era El oscuro esplendor, pero que había llegado a la conclusión de que su obra mejor era En la calzada de Jesús del Monte. Siempre tuvo la preocupación por el libro armonioso. Escribió En la calzada… con mucho entusiasmo, con energía, con la vitalidad del hombre de veintitantos años que lo acometió, pero algunas de sus páginas terminaron por parecerle apresuradas. Aun así, En la Calzada… anuncia toda su poesía posterior, y lo que es para él más importante, hizo que pudiera conectarse con los jóvenes, que terminaron viendo a su autor como alguien cercano. No lo dijo, pero parece que En la calzada… sería, de los suyos, el poemario que salvaría en caso de diluvio.
Escribía siempre a mano, muy lentamente, tachando. Maniático de las formas, rumiaba las palabras y calibraba con rigor los espacios en blanco. Pero el poema definitivo tenía que salir de la tipiadora sin enmiendas, sin máculas, Solo así podía Eliseo discernir si lo que había escrito era bueno o no lo era. Guardo alguno de sus manuscritos y muchas de sus dedicatorias… una caligrafía diminuta, primorosa. Quizás en ese oficio suyo de nombrar las cosas, lo más valioso no sea lo conseguido, sino lo renunciado.
La vida humana transcurre entre alegrías y tristezas, expresó. Vienen la muerte de los padres, la de los amigos más queridos… eso sería la tiniebla. La dicha… bueno, la luz, una buena conversación, la poesía. «Solo existe la buena poesía», argumentó antes de comentar que fue Gabriela Mistral la autora de uno de los poemas más trágicos de la lengua española, el «Nocturno de José Asunción», que, en parte, repitió de memoria.
Una noche como esta noche, / de Circe llena, esa sería / la noche de José Asunción, / cuando a acabarse se tendía… / taladrada por la corneja / que en la rama seca fungía / la vertical del ahorcado / con su dentera de agonía…
Repitió eso de «con su dentera de agonía» y añadió enseguida que se trataba de un poema trágico que lo consolaba en su angustia. Lo consolaba en su angustia un poema como ese, no un poema de amor ni satírico ni festivo. Lo reconfortaba un poema en el que alguien, con la palabra, fue capaz de dominar la angustia y convertirla en consuelo.
Arguyó: «La vida es trágica, pero vale la pena. Eso fue lo que quise decir con “entre la dicha y la tiniebla”».
La música extremada
Recordé un concepto suyo; aquel que asevera que la poesía queda demostrada, se realiza en la opinión ajena, en el asentimiento que ocasiona en el lector. Me dijo: «Un poema en realidad es una conversación en la penumbra. Solo se completa en el otro que la recibe y recrea».
Si tan autor de un poema es el que lo escribe como el que lo lee, ¿exigiría usted, como afirmaba Octavio Paz, la abolición del poeta que lo escribe para dar nacimiento al poeta que lo lee?
Respondió que el propósito de un poema es compartir la experiencia que se tiene de una misma realidad, y la realidad es una fuente inagotable de enigmas. Cuando se logra trasladar a la palabra uno de esos enigmas, es para compartirlo con otro. Y la única forma de que esa participación se lleve a efecto es que ese otro, el lector, recree a través de lo que está escrito la experiencia que quien lo escribió pretendió atrapar.
Hizo una pausa. Prosiguió para decir que por eso no creía en la poesía totalmente explicita, de pura superficie. Precisó: «La poesía es una forma de significados posibles que permite al lector extraer la experiencia de que parte el poeta. Si todo está dicho en la página, nada tiene que hacer el lector».
Entonces, ¿todos los lectores de Shakespeare son Shakespeare?
La interrogante lo tomó por sorpresa. «El ejemplo es un poco ambicioso», sentenció. Él se planteaba el asunto en un plano más modesto. Cada hombre es un poeta y sucede que la mayoría no tiene el don para encarnar en una materia expresiva sus experiencias poéticas.
La proximidad del almuerzo anunciaba la hora de la despedida y quise hacer al poeta la pregunta que se formulara a sí mismo en su conferencia autobiográfica que con el título de «A través de mi espejo» pronunció en los años 60 en la Biblioteca Nacional como parte del ciclo sobre la vida y la obra de poetas cubanos… ¿Para qué escribir poesía si el esplendor de la realidad no será visto nunca sino a través de un cristal, oscuramente?
Reproduzco ahora su respuesta de manera textual.
El esplendor, la gloria de una planta, de una mañana, de un niño, de una muchacha, son de tal naturaleza que uno empieza por renunciar a atraparlos, pero parejo a ello trata de hacerlo. La dificultad que implica atrapar el esplendor se convierte en un incentivo, si bien es cierto que no se logrará sino a través de un cristal. Cuando Andersen dice «Ah, los días del verano», sabe que no podrá atraparlos en su cuento. A partir de esa imposibilidad, se siente el estímulo. Como decía fray Luis, «la música extremada», es decir, extremarse al máximo para atrapar una realidad.
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